'Déjà Vida: Nieve a Oscuras.

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(Léanlo en la oscuridad.)
En Suecia  me pone de malas el frío y el cinismo. Cuando llegué no estaba tan mal, siendo un completo desconocido. Errando entre cafés y bares, nadie eclipsaba mis ojeras (o las quemaduras en las muñecas). Tiré mi reloj de plata al río, casi muero de hipotermia al recuperarlo. Compré mariguana y se la regalé a un moribundo. Sé perfectamente que estoy mal de la cabeza, prevengo, escogí enviciarme.
Conocí a un grupo de briagos simpáticos en la fogata de la esquina, me llevaron a su casa y dormí ahí tres tardes. Veíamos la tele, espiábamos a los vecinos y bailábamos desnudos. Desquiciados. En las idas al café encontré un sinvergüenza durmiendo en la tercera banca del Otoño (un parque), con la ambición congelada. Lo seguí y le pregunté su historia. Me pegó con un cristal pequeño, en las costillas. Quería desangrarme, sentir las alucinaciones. Las drogas sinceras.
Almorcé con un investigador retirado repleto de anécdotas grotescas y espeluznantes. El investigador padecía de insomnio, tenía una enredada barba gris, unos ojos verdes profundos y una gorra rusa. Me contó sobre el miedo diurno, el miedo arruinado y el que fortalece cerraduras. Mi interés por él incrementó cuando intentó desahogarse, darse a conocer con gesto y gestos. Soy masoquista, pero también morboso. Escucho los murmullos. El detective me obligó a recibir sus cartas, excusando que causaría más impresión en mí leer lo que quería contarme. Escribía su caso más tétrico y tormentoso, ocurrido en Estocolmo del ’73. Iba por esto, caligrafía de muerto:
“Edificio cuarenta y tres. La población oía alaridos bizarros. Las luces se mueven, una señora se arrastra por las paredes ¿Qué diablos? La oficina principal ya investigó con vehemencia a los supuestos testigos buscando en ellos efectos narcóticos o demencia oculta. Sus rasgos parecen estables y sus testimonios fieles, bien mentidos. Así me dispuse a indagar junto a dos agentes fornidos evasores del pavor a los misterios. Conforme subamos se pondrá peor, según los aullidos de ¿Quiénes? Exceso de moho al llegar a la presunta estructura. Las luces fallan. (Atribuladas) Apagamos los reactores. El primer piso es tranquilo, vislumbramos un par de ratas y ¿qué mierda es eso? Hay un bulto extraño en la esquina previa a los escalones. Las luces han vuelto a encenderse ¡enloquecen!. Uno de mis agentes se ha desmayado. El otro sujeto y yo nos acercamos a la criatura mutilada, está pujando. ¡Dios!. Religión ante rarezas. Está repleto de venas, ¿nos está mirando? Le pido al agente que lo toque. ¡Ha explotado! ¡Estamos vomitando! ¡Nos ha cubierto de sangre! El resiuduo es morado. No tenemos el valor de regresar, se han fundido los focos detrás de nosotros y se escucha un llanto sobrecogedor. Prosigue el ascenso. Silencios, hay camas en el pasillo. La iluminación se ha paralizado. Mi colega se recarga en una cama. ¡Pronuncia mi nombre, despavorido! ¡Su brazo se ha hundido en la cama! Como si fuera arena movediza, un viento extraño comienza a azotarnos. Apareció una silueta retro. Es un hombre de traje café, pálido, callado, nos mira, se acerca. Difuminado. Le pega en el brazo a mi compañero ¡le ha fracturado la extremidad! La aprisionó. Nos  habla, dice que no debemos tocar las camas. Debemos seguirlo. Me ha empujado y grita histérico ‘¡NO TENGAS MIEDO, POR FAVOR!’. Piel de gallina. Sus zapatos no suenan con el eco del pasillo, rechinan a lo lejos. Llegamos, sudando copiosamente, al tercer piso. Nada de camas, ni humedad, algunas lámparas separadas. Caminamos lentamente, temiendo toda la exploración. Mi colega está malherido. Piensa en abandonarme. El hombre trajeado es pésimo guía, no nos deja acercarnos a él. Se ha detenido, sus pasos ya no duelen.  A la mitad del pasadizo. Escuchamos su exhalación, es larga, siniestra, abrumadora. ¿Cómo pudimos llegar aquí? Debimos ser escépticos. Me estoy asfixiando. Las luces se caen, literalmente, me ha herido un ojo. Ahora se encienden otras luces que no notamos, son series como las  navideñas. Cambian. El hombre sigue ahí, escurriendo. Tiene una mancha de sangre en la espalda. ¡Le está sangrando la puta espalda! ¡Corremos! Casi a ciegas. El hombre grita: ‘¡Azotea, azotea!’ y luego comienza a llorar patéticamente. Llegamos al cuarto piso con el corazón en la garganta. El corredor era un estanque azulado, pescera, tuvimos que romperlo para poder pasar. Criaturas babosas y repugnantes trataron de treparnos mientras cruzábamos a toda velocidad los charcos. Mi colega resbaló varias veces y se quejó. Vi a una mujer, salió del cuarto tercero, tenía calcetines en las manos y también lloraba. De nuevo sentí ese aullido escalofriante que nos perseguía desde el primer nivel. ¡Esto es peor que el infierno! El quinto piso estaba destrozado por un huracán, no recuerdo mucho eso, únicamente una nostalgia insondable que me contuvo, el mal tiempo. El sexto piso estaba congelado como el interior de un refrigerador olvidado. En el séptimo piso estaba ¡el brazo sangrante de mi colega! Casi coagulado. Me detuve a vomitar y vi, al final del pasillo, una niña. Se atragantaba. Me agaché junto a ella y sentí paz, su vestidito blanco me recordaba a…,a la niña vendida ¡por ser un desgraciado!. ¿Merezco? ¡Esto!. El vestido se tornó lodoso, el hombre café descendió por las escaleras y violó a la pequeña princesa. Lloré acaloradamente y traté de detenerlo, pero al aproximarme un asco me acorralaba. Corrí río arriba, evitando ver las alteraciones. La azotea era el décimo piso. Cubierto de nieve, colapsé en el tapete. No había sangre, ni miedos, sólo cansancio. Dormí, dormí.//////// Creí haberlo soñado, pero el hombre de traje café aún lo encuentro con la boca abierta en ciertas multitudes, con ligero sangrado dorsal. Semanas después envié equipos especiales del ejército a inspeccionar el edificio. Dos cadetes llegaron hasta la azotea y ambos se  lanzaron lejos de los demonios. Nunca supe realmente la causa del embrujo. El inmueble fue demolido”
Aquella tarde el detective me dejó esperando con una taza de café extra. Nunca volví a saber nada de él. Algunas noches veo a la mujer con los calcetines en la mano, en la calle Prostíbulo. Y me señala, me amenaza. También he visto sangrar la espalda del hombre café. Terror.
Guiñando al ritmo del fa sostenido. ¿Ese guiño? 
Algo sádico y horrendo está por acontecer. Los jueces alaban a una doncella en el patinaje sobre hielo, nipona, una mancha en la pista de hielo se expande. Es rojiza, cristalizada. Los comentaristas: ‘There’s a strange red stain under the ice’. ¿Debajo?
He descendido. Tengo un martillo de jade. El cristal se quiebra, el coágulo erupciona, la pista desaparece. He descubierto un lago, inundado de huesos. Yo y mi locura. ¿Por qué soy así? He elegido el miedo como aliado. Ellos me temen. Fui creado para traumatizar. Me entretiene y satisface.
Ahora cierro la puerta, cierro los ojos.
(Duerme poco.)

'Subconsciente: Metáfora del helio.

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El sol retiene océanos de helio.

Tiritan los tórridos y feroces manantiales de helio.

Me tranquilizo cuando el sol descansa, me siento menos tenso. Por las tardes sin sol mis pies se levantan, recorren, exploran. Las caminatas me llevan lejos de la cama, lejos de la casa. Las banquetas tapizadas de flores o tierra. Las banquetas unen caminos y me llevan al auditorio. Atrás ensayamos pero hoy no toca. Invadimos el vestíbulo, el comediante es un intruso en la puesta en escena de una tragicomedia. Hoy se presenta un concurso de monólogos, yo conozco a los participantes. El resto de mi atención es robada por buen solaz. Conectado con los artistas, los aplausos regresan los sentimientos involucrados o reprenden el mal gusto del autor. Sonrísas y catarsis.

Un breve intermedio me obligó a inclinar la espalda hacia atrás. Abrí los ojos y encontré un globo flotando enfermo a escasos alientos del techo. Un globo plata con ilustraciones infantiles en la proa. Hubo función familiar el domingo en el mismo auditorio (Las telarañas no). ¿Lo viste? El globo, flaco, está perdiendo helio, pero no tiene ninguna fuga, el helio se desvanece, se agota. Globo enfermito. Así, al instante, nació la metáfora del globo (o del helio).

Yo y nosotros somos el globo. Nos debilitamos cerca del techo. El auditorio es el mundo o la vida. Ocurren tantos eventos ahí dentro. Luces, bailes, magia, conciertos, teatro, las butacas sostienen una batalla con el escenario. Exigen y premian. Poco público llega a estremecerse, esa misma minoría ha notado el globo, le importa su existencia. ¡Persiste, persiste!, le gritan. Pero el globo está encerrado, le han tendido una trampa. Es lo más lejos que puede alcanzar. Alcanzar hasta cansarse. La esperanza de ese globo, ligera, es el helio restante. Si ese helio termina la cáscara del globo terminará en el estanque de butacas. Puede conseguir helio en el sol. Pero el globo no sabe que el sol existe. Y el sol es brutal, lo incineraría. El globo sólo aspira a enredarse entre las candilejas. Miserable globo. Se encuentra a una muralla (dos detonaciones) de escapar. ¡Se desmayará!

'Poemi: Color bosque.

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Antier fijó la cerbatana en la línea de guijarros que divide el río.
La atoró en un tronco.
Nuestra respiración borbotaba
en el vado.

La noche caminó encima de nosotros.
Completamos las luces artificiales en alto.
¿Iniciará la angustia?
Una espina de jade
obstruye y refuerza.
Las hojas cambian de color:
de los ojos marrones
a la lozanía y algas en el fondo.

Las escamas de los peces, amansadas en un godete de pintura.
Regresemos a la transparencia del jade,
al presente, al peinado de las palmeras,
a la fosforescencia. Hemos seleccionado la oscuridad.
Para emboscar.
Pasar por la hierba o seguir el musgo absorbido por la roca.

La expresión corporal
sacude brillos y murmullos de selva.
Verde labial
como besar despacio (remar)
y besar rápido (conflicto).
El moribundo confesó
la leyenda del espíritu de una guacamaya.

Un hombre intentó traducir el destino, todo el concepto,
arrodillado en las escaleras.
Encontró las ruinas del alma.
Charlar con el abedul hasta mediados del amanecer.
Sentir la belleza de la culpabilidad
y darle preferencia a los tornados
de emoción y preguntas.
La noche se lastimó sobre nosotros.

El moribundo sacudió la capa
y con un papel arrugado
nos convenció.
El verde restante, en la ciudad
es el aliento de otra salida.

¿Cuál? ¿Qué buscas de mí?
Un exoplaneta o una estrella desintegrada.
Una crisis de brotes de ramas tiernas y capullos.
¿Qué iba a decir?
Algo sobre la penumbra.
¿Cuánto necesitas conocer el verde o a una persona para quererla un poco?
¿Cuántas gotas? ¿Cuántos vacíos?
Interpretando un maremoto. 
Protegiendo una farsa en pergamino.
Pintando el pantano, uno de sus lados.

Encendido, descalzo.
Reparando un muelle con huesos.
Con pedazos.
Cubriendo una herida profunda con ambas manos.
Porque acariciando tu cabeza olvido que fui un desperdicio de la tarde.
Jugando al paracaidista.
Tallando un malentendido. 

¿Olvidando?
Ha disminuido el interés por los atardeceres.

Intercambié mi corazón por una cantimplora ensangrentada.


(Domingo. 10 de abril/ 2011)

'Musicale: Maremoto

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'Veinte Pesos' en Puño y Letra.

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En Diciembre la revista literaria Puño y Letra del Tecnológico de Monterrey publicó un cuento corto que escribí. 'Veinte pesos' basado en una falta real. A ver qué les parece. (Es el escrito cuarto).

Puño y Letra publica estudiantes escritores de cualquier carrera. En web: www.punoyletra.com

'Surreal: Erótico mutuo.

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Tuvimos un congreso de literatura erótica. Aprendí a respetar el erotismo con los ojos lentos y la paciencia. Contraje su rubor. Enmudecí ante su elegancia inabarcable. Repudié el segundo taller literario. 'No todos pueden escribir'. A veces yo tampoco. Admiré en silencio un vestido (es grana en la oscuridad). Las palabras, los relatos convergen en distintos vientres.

No puedo seguir. Del congreso y la construcción del erotismo surgieron los tabiques de abajo. Mi poesía es torpe y lo compruebo. Mi prosa es aceptable. No merecen ser compartidos pero, como muchas frases, ahí están. Bajando.

Quiero mucho a los que me leen accidental u ocasionalmente.

Poesía:

Ocre vestido de piel
rubor regañado
pelamen impúdico gris.
=
Maricos colgados en el tendedero
apestan a pétalo.
=
Saliva en almibar
derretir licores
durazno herido escurriendo.
=
Maullar apaga el tordo
gemido introvertido
la colisión dérmica
el saxofón desentonado.
Recitad apropiado poema.

Prosa:

-Voy a terminar contigo Horacio. Suelta el café y escúchame temblar ¿De dónde provino todo el sudor, la textura de nuestro jugo? Mordiste su sabor; te amarraste un aroma loco al pescuezo. Borra mis labios de tu memoria, ve a lamer el abdomen de otra sirvienta. Eres un esclavo ¡Perdedor! ¿Por qué me ves así? Trae una escoba y permíteme limpiar el desastre, sacar las fresas podridas del fregadero. ¿Qué por qué soy así? Estoy rojísima, tonto lunar, tontas rodillas ¿Estás gozando? ¿De qué carajo te ríes? Pinche fricción. Te estoy dejando y ahora pones música, regresa quietud. Bueno, al menos es una triste tonada. No cierres la puerta, quiero follarte por última vez junto al tocadiscos, por la caricia de las bocinas. El cuerpo es soledad. Nada de besos, cabrón, tuerce la piel. ¿Candente? Cierra la boca, envuélveme, las raíces del árbol ¡Nunca las cortaste! Pinches latidos. Los vértices respiran. ¡Límpiame! No vuelvas a hacerlo ¡Charlatán! Te lo buscaste, me instruiste para romperte el corazón de mango. Somos un acantilado, amigo, y uno muy empinado. ¡Sácame o duérmete!- Ni se habían dado cuenta que granizaba.


'Deja Vida: Entrada

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Estoy sentado, con un tobillo en la rodilla, en la Secretaría de Relaciones Exteriores. En la tercera fila de sillas negras, semejantes a búfalos serenos. Hay unas mesitas de cartón para que jueguen los niños ¡Cuanta ternura se extiende por el diafragma! Cuando llegué estaba desolado el trigal, ahora abundan los espantapájaros. Similares a los amigos de mi última concubina. En ventanilla te reciben con especulación; el trámite. Rastrean lo que te falta. Es como entrevistar a una persona anteponiendo sus defectos. A ver, chico o chica ¿Cuál ha sido su más craso error? ¿Qué ha perdido últimamente? Dicen mi nombre propio y el primer apellido. 'Según' e improviso un chascarrillo. '¿Según quién?.

Y lo corrigen. Las correcciones son unas de las hojas selladas, un epigrama dibujado por un niño, coloreado por una cantante. Equivocado. Cuando nadie colecta gotas de aceite (duras críticas a la inexpresividad ajena, a los mismos defectos, hablan con saña ¡los que están a mi lado! Lastiman. Afectado, conservo esos lapsus, los mutis que construyo, permutados por dardos venenosos ¡Ay!). Preguntaré en ventanilla algo escandaloso ¿Permite exteriorizar los sentimientos, la simpatía? ¿Un tren demoro? Atienden las Relaciones Exteriores pero no los exteriores relacionados. No te quedes en el exterior. Entra.

'Poemi: Una sola letra

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Por el mensaje involuntario que me diste
pierdo los estribos
el sabor del tedio debilita, derriba
otro sentimiento amargo.
Son los huecos, antes había algo.
hojas bailando
piezas musicales tiesas
remotas por el rubor, el candor
escozor en el nido de las costillas.

Los pájaros que llegan son los dibujos tuyos
Miedos y risitas
La hora de dormir en nuestra Inglaterra,
verde o azul por el vestido
gris y plateada por el interior.

El moño azul, azul oscuro.
Dark blue.
Eres o serás la casa de campaña cubierta de escarcha
y el lago blanco
espejo de una aurora boreal.

No te puedo abrazar, efecto, así embotado.

'Corto: Encierro

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Chilla el prisionero, tarde y noche. Aprieta los barrotes con la húmeda respiración. Incorporado agónico divulga sus rodillas. Los huesos tiemblan. Cursa el sudor trayectoria muscular, aplaca los suelos, mitiga la piedra incrustada en la pared de plomo brilloso.

Duermen los grillos, tropieza el cielo con las estrellas, refulge el pasto, refracta el rocío.

Los presidiarios golpean la frente de la ventana, más pequeños, proclamando reunirse. Propósitos afines del carcelero: tapar esa gotera exasperante, a la medianoche acorrala. Son los pasillos sonámbulos, estiércol de la ducha. Es notorio. Los rizos del trapeador saborean el mugroso trecho.

Timbran los barrotes, nuevamente, sube el charco, obnubila unas cuantas lunas, fenecieron las veladoras.

Los traidores opacos sujetan las agujetas a la litera inestable asustada por los roedores, falsificada por la extinta madera de fiebre.

Recorre el reloj carcelero.

Riscos oceánicos.

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Sifones turbulentos ahogan embarcaciones con el abanico de sus olas y el clamor asustado y fijo a la navaja espumosa. Crepita el humo incinerado, heterogéneo, ocurre el despegue de los tragicómicos marineros, gritando inútiles auxilios a mitad del crujido del astillado velero. Mechas de madera rasgan las velas amarillentas.

No hay más polvo, sangre disuelta como cuando los rebaños escapan y el pastor apura la persecución con una mano en la cabeza y otra en el bastón.

Los restos flotan conducidos por el viento, algunos sobrevivientes manotean, salpican la marea. Atraen las medusas de la noche. Sus pesadillas no se publicarán hasta que los arqueólogos del mar se mortifiquen.

Describí un lugar.

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Describí un lugar significativo de mi pasado:


La casa de mis abuelos encima tres pisos. La azotea de barda es, para reconocimiento infantil, un encuentro entre el polvo, la vejez y unas manos pequeñas. El cuarto de lavado responde por la fachada de la biblioteca. Historietas, discos de vinilo. Esculturas de barro reconstruidas con pegamento. El tocadiscos moribundo. La mecedora desocupa cajas con adornos navideños, libros, hojas revueltas en capítulos apolillados y figuras de colección guardadas en el olvido.

Me gustaba viajar ligero por la azotea. El patio de recreo. Con balones o papalotes que se atoraban en las antenas o en el viento. La azotea fabrica un mirador. En las noches ronda el fantasma astronómico. Sobre aquella azotea imaginé desiertos destructores y camellos de metal. En aquella azotea inundé las islas que caían sobre los lagos. En aquella azotea espié a mi vecina la linda y me enamoré de sus apartados ojos. En aquella azotea lloré y regañé a Dios. En aquella azotea descubrí un caballo de plástico roto y busqué su jinete. Encontré una bicicleta disfuncional (y la confundí con una máquina del tiempo).

Aprendí a sanar leyendo en la azotea de la casa de mis abuelos. Trepé a la parte más alta para gritar lo que sentía o recuperar lo que tiré. Piedras y escupitajos al bote del terreno baldío. En aquella azotea me ensucié las manos platicando con hormigas y quemando plastilina. Dibujé un dragón y rayé el cemento. La azotea de las travesuras es ahora la azotea de la guitarra. Me refugio de la lluvia. Reboto una pelota de goma, en el frontón, contra la irremediable pared hasta invadir la azotea contigua.

La azotea todavía existe. Mismas losas, nuevas reminiscencias. En la azotea aprendí a cantar. La azotea ya no tiene vista al patio de tierra (ya no hay rosales en el jardín, ahora hay cochera). Hay un nuevo cuarto. Fui inquilino. La azotea acordonada por mayas grises. La pintaron de caqui. La azotea donde rompimos un cristal. La azotea que no es un campo de cultivo y que casi no tiene tejado, la azotea calmada donde pueden crecer personas.

Cierro los ojos y recorro la azotea de mis suspiros. La azotea confortable y desalmada. Semejante azotea es el bosque perdido que evité. Pues ella, ese lugar, me atrapó antes de salir.

Monterrey, 18 de Enero.

Tiroteos

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Anoche cené un tiroteo, entró por las orejas y salió por el espasmo encarando una alarma de miedos. El primer tiroteo del año para mí. ¿Has escuchado los disparos? Parabellum sofocado. En un México sin aztecas ni sacrificios. En un México que exporta malas noticias. En un México salvaje y moralista. Dónde cada corro social habla, chismea o cotorrea. Revolotean los mismos temas. Repeticiones climáticas que entretienen a los vasallos del reino de la corrupción y la -desgastada palabra- inseguridad. Ya me harté de escuchar las mismas opiniones, casi quejas, los mismos lamentos, ya me cansé de alumbrar la misma salida de emergencias que parpadea como foco fundiéndose. Los estudiantes gritan por el combate al narcotráfico. Ni siquiera comprenden la causa de la guerra civil que está destronando relojes y misiles. Los estudiantes permiten la legalización de las drogas. Yo formo parte de una familia de estudiantes y nosotros tememos pero aún así salimos y enfrentamos una pila de hojas bronceadas. Una mochila, una vida, un horario. La hipocresía no oculta a los mariaguanos en los rincones de las fiestas con sus pipas de madera tamaño pezuña. No puedes reclamar una paliza con los guantes de boxear puestos. Les voy a contar una historia, una historia que creo bien documentada y provocativamente fiel. Es la historia de la guerra civil mexicana actual. (2010-2011), dedicada a mi ignorancia y a la opinión pública censurada, blasfema. Añadiendo los intolerantece jueces que estudian o trabajan en México y que presumen su inteligencia maleable con vanilocuencias y soliloquios impresionantemente inútiles.

Todo empezó con una sociedad tatuada. Los Mara Salvatrucha una organización de vándalos que se extendía desde centroamérica hasta Estados Unidos pasando por las costas de México (Se cree que también en Canadá y España). Ellos eran un problema serio: asesinos dispuestos a morder pieles, extorsionistas, secuestradores, ladrones. En fin, una serie de renegados violentos. El gobierno mexicano y el ejército creyeron encontrar una solución. Consistía en el entrenamiento, capacitación y adiestramiento de un grupo paramilitar conocido como los Zetas. (En el tercer piso tenemos la incubadora de psicópatas). Los Zetas dieron resultados favorables y aniquilaron a la mayoría de los Mara. Borraron los tatuajes con plomo. Los Zetas al sentirse salvadores, al enroscar su cuello de poder pues poseen capacidad militar imperdonable, pensaron en continuar con las mismas tareas ilícitas que realizaban los Mara. La solución se volvió un nuevo problema. Empeorando. El gobierno mexicano (que en realidad es lo más bajo) y el ejército se vieron traicionados. Los Zetas se unieron posteriormente y para peor sorpresa con el Cártel del Golfo. Poderosos y ostentosos narcotráficantes ayudados indirectamente por el Chapo (Forbes lo ubica en lugar 41 hablando de poder) líder del Cártel de Sinaloa. Los Zetas apretaron la mano derecha del Cartel. Juntos invencibles. Separados enemigos mortales. Su alianza fracasó con el asesinato de un integrante del Cartel de la mano de un Zeta que no quiso admitir su culpabilidad y perder la vida. Así comenzó la separación y el caos fue desatado. Cartel del Golfo versus Zetas. Suena a ficción, pero no lo es. Probablemente me asesinen al publicar esto en mi blog pero el internet perdura y las palabras progresan. Actualmente el ejército mexicano está aliado con el Cartel del Golfo para aniquilar el rastro de los Zetas y a los Zetas mismos. Todo lo que está ocurriendo es gracias a la falta de recursos de los Zetas (antes beneficiados por el oro conseguido tras la venta del vicio llamado drogas) han comenzado nuevos secuestros, extorsiones, líos y matanzas.

¡Los vicios fomentados por la sangre de los felinos hambrientos por terminar con nuestra paciencia! ¡Todo por un vicio! ¡Un egocentrismo desquiciado! ¡Cuando llamaremos a los hijos un deshecho histórico! ¡Injusticia natural para la hilera de palmeras!

¡Dónde están los soñadores, resguardados para alimentarse de los escombros!

¡Durará los diez años venideros! ¡Por algo despierto leyendo y anochezco bostezando! ¡Y es mi bostezo una oración!

Frescor.

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Rosas selectas: amarillas y blancas, frío rosal. Recién bañadas, envueltas en un plástico transparente. Rocían un aroma natural, limpio, descongestiona la nariz del hombre amarrado a la corbata; sostiene la garganta de impermeable sombrilla. Libera del bolsillo unas monedas polvorientas, las suelta en la mano mugrienta, cubierta de cloroplastos en porciones pintadas de guante.

Rosas blancas y amarillas circulan por el vecindario enrejado, consuelan las fachadas de fierro, es el polen un blanco fácil, seductor y delicado. El ramo delibera un destino: una pálida fotografía sobre la tumba; un ferrocarril y una mujer oliéndolas.

Cierta maceta colgada en el balcón o la melancolía de una boya en las tinieblas del mar.

Noctambulismo

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Espeluznante categoría de una noche respirada,
ventajosa,
pasivamente lúgubre.

El mito de los árboles castigados
en una estupefacción,
corrigen el rastro
del viento, nublado.

Nublado y extinto está mi ojo de pieles
caídas. Las páginas. Música
para estúpidos esclavos.

Espero, compadecido, el final
de un hermoso velorio.
Un pilar alumbrado; el último
integrante de un bosque de suplicas.

Un maremoto de hojas,
un tronco cicatriz.

Viento palmado, viento
espíritu enternecedor
reconfortante,
abstracto.

Le debo al universo la traducción.
No puedo con la paz.
La comparto, pero no
me mostraron la poción,
el modo de repartirla.

Alerta de frío,
el escalofrío es vida.

Tiemblan las entrañas de una noche gris,
sempiterna, memorable.

Una astucia alebrestada
por el inefable mundo de ventiscas,
de ventanas entreabiertas como puertos desembarcando ostras bajo los muelles
o como géysers abruptos.

Se constipan las estrellas junto al monte oscurecido
pegado al aire,
al impreciso cielo.
Nos hace uno mismo.

Paixtle y musgo.

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Vivimos en un vagón oscuro. Las noches son cielos cansados. Desayunamos fruta cubierta de hollín. Lavamos ropa y calcetines en un tanque de gasolina. Debo acompañar a mi madre a las inmediaciones del mercado. Cargamos pesebres de madera reparados por el martillo de mi hermano. Cargo a mi hermana en un sarape, se enrolla como canana rasgada. Las imperfecciones en la rodilla me obligan a arrastrar los pesebres. El leño es el mundo y nosotros subimos por las astillas.

Las demás personas, de mejor suerte que la nuestra, festejan. Gastan velas.  Otros rezamo. Le envié un telegrama a mi papá. Nada cambia. Cántanos. Y nos consume.  En Houston sin familia de sollozos mexicanos. Mi hermano trabajará en nochebuena. Promete traer comida y carbón. Las tiendas de abrigos cierran temprano. Todavía tengo que salir, esferas en mano y cantar la rama, esconderme de las luces y vaticinar calor. Pienso en la niña de los cerillos, muerta y cansada.

En la iglesia nos regalaron chocolate hirviendo. Abrigué a mi hermana y le compré un pedazo de pan. Mi madre teje y duerme poco. Cierto poder  me invita a escribirle cartas a los duendes, esos que traen regalos a los que obran bien. Familia de trabajos.  Los afortunados discuten y mastican. Enterramos cuchillos en el lodo y en la roca. ¡Obramos bien! ¿Por qué Dios nos separa? ¿Por qué la luna no aconseja?

Mi hermano planea acompañar a papá en el extranjero. Si las cosas siguen así. Lo he besado en la mejilla. Él ha impedido la hipotermia. Tenemos que salir. Salir a coser el vestido, el mantel de la clase media. Nos cuesta picar y meter el alfiler. La alfombra de los Ramírez ¡es el cobertor de la salvación! A mí hermano le obsesiona la nieve, quiere deslizarse en trineo. Yo le digo que la navidad mexicana no es así. La navidad mexicana es el vagón humeante, es el caldo de mamá, las migas de pan que sobraron, el sarape secándose. El adorno es la rama (el omóplato de un árbol gigante) y una herida. Derrotamos el trino del cascabel (el bote de monedas).

-La nieve, sacarla y brincarla.
- Nos mataría. Nos pondríamos azules.
-¿Le sigues escribiendo a esos duendes falsos?
- Sí.
-No tiene caso.
- Yo creo. Les encargué paixtle y musgo para poner un nacimiento.
- ¿Usarás el pesebre en vez de venderlo?