Cuento chistoso con un final demoledor

|

No recuerdo cuando empecé a perder la vista. Supuré una semana de achaques. Llegó una jodida tormenta a mis libretas, no pude escribir en la universidad. Las mañanas son mi jaqueca. (conozco un toro pequeñito, lo invito a desayunar un panqué con leche en mi cerebro, pero siempre disputamos la verdad de los asuntos vacunos y termina embistiendo y desordenando toda la sustancia gris y las lámparas. El otro día rompió la mecedora de mi abuelo, y bueno, son objetos perecederos, sí, pero le quita sílabas a mi nostalgia. Ahora ando por ahí con mi nostal o mi talgia) Por las tardes duermo y eso desequilibra mi hambre, flojera e inspiración. Escribo a oscuras, con tinta succionada de las pinturas rupestres menos estimulantes. Me levanto y me pongo a refunfuñar porque me perdí el atardecer. Las puestas de sol coleccionables, las cazo con un arco de plástico inflado con mala publicidad (destapacaños que brillan en la oscuridad) y una flecha de neopreno, apretada como un risco. Mis metáforas me disgustan. Las siento guangas. Cuando se va la luz y regresa, tú acabas de abrir el refrigerador y el resplandor de foco gélido, artificial, nervioso te llega con el olor a plátano húmedo o de cristal empañado... Pues así me siento últimamente, como el pico fosforescente de una gaviota aciaga con las plumas quemadas por un faro de molestias. Me quedo en calzones toda la luna (es decir todo el funeral, es decir toda la lluvia nocturna) y con garabatos termino un poema a guitarrazos y luego leo a los simbolistas franceses y posteriormente me deprimo y para salir del fango espiritual me pongo a cantar como perro (ídem a ladrar como músico) y al día siguiente me llevan un citatorio formalísimo al salón donde llevo la clase de 'Lingüística administrativa para pérfidas desgraciadas y aduladoras del formalismo ruso antiorgásmico y anticulinario' y (el sonido de la caída de una caja) me estrellé contra el cansancio.

Me levantó una de esas gordas aspirinas del tamaño de una quijada y ahí me ven patinando en el estanque congelado de mis ojeras para llegar a una oficina. Me reporté con el Licenciado Mengano y una secretaria me pidió tomar asiento, entonces yo saqué mi lanzallamas portátil y un vasito cónico de papel para arremeter a llamaradas salvajes contra la silla que ardió hasta quejarse, finalmente con un soplido bien hipócrita se derritió y yo retuve el juguito restante en el cono y lo empiné hacia mis labios y respondí: 'Épale, marciana, ya me tomé el asiento, literalmente, me lo bebí, me lo sorbí, me lo chupé. Y ya no gime la sequía al interior de mi garganta'. Pero sagradísimo coño, nada aconteció como lo estoy narrando. En vez de eso el licenciado Mengano me recibió. Resultó ser un caballo caballeroso. Me ofreció, me rogó ayudarlo para entrenar juntos a una bacteria tierna o a un hipopótamo anoréxico para el próximo torneo (o festival) de matatenas (en Zimbawe). Yo me crucé de brazos y le confesé que tenía en mi poder drogas deportadas desde Lituania hasta mis calcetines. El bárbaro se levantó bruscamente y me empujó con sus rodillas para acto sucesivo quitarme la camisa (con un destapacorchos), el muy maniático intentó dibujarme un pato con una crayola amarilla. Antes de eso yo ya había despertado en la sala de espera contigua a la verdadera oficina del licenciado Mengano. (Así ocurrieron los acontecimientos: me desmayé en el aula y el maestro asexual en lugar de encamarme rumbo a la enfermería me castigó por irresponsabilidad estomacal o una mafufada así, firmó mi citatorio con asuntos estudiantiles y contrató dos zopilotes para que me llevaran cagando (ojo, no dije cargando) y rodando (ojo, no dije volando) hasta las puertas del inframundo. En el vestíbulo conocí a Ian Curtis, el mero, y balbuceó con su palidez mientras mordía su dedo meñique y sostenía un periódico viscoso entre la axila: 'You hate less while sleeping.' ¿Habrá querido decir while dying? Estornudé y dolió para salir de esas cavernas.

El licenciado Mengano es un pelmazo disfrazado de caramelo cubierto de pelusas. Se aventó un monólogo insensible:
-Jovenzuelo, escuche con atención (una marca de audífonos auspiciadora), estamos hartos (es decir hasta el cuello, y si fuéramos jirafas aumentaría) de los juglares invasores y sus nocivas carpas al igual que sus ofensivas prosas. Aunado a esas manifestaciones o interpretaciones que van desde cavernícolas a mojarras o a protozooarios. No me interesa si ustedes se disculpan en cada ocasión y se retiran cuando los cachamos (llegamos tarde porque se atreven a organizar sus improvisaciones a la hora del té y eso es inaudito y ventajoso para ustedes e injusto para nosotros). Así que le voy a pedir que se me calmen, que se me aquieten y también le pediré estrictamente que me firme la siguiente petición para adoptar un manatí siberiano, porque mi esposa no me lo permite y si lo hacemos a su nombre nada de eso afecta).-

Grité como un mono aullador. Agarré un papel de baño y lo arrojé con toda la furia de 79 Polifemos (el cristal no se asustó siquiera) entonces me recomendó (es decir, me pre-obligó) asistir al psicólogo. Entonces me encaminé a un consultorio, pensando en Jung. ¿Le habrá gustado bailar salsa? Recordé un poema malísimo que tenía pegado en su baño un conocido que estudiaba un doctorado y tiene una tesis intitulada: 'Psicología necesaria para aprobar la zoofilia y/o necrofilia en Latinoamerica.' Con todo y baba fui al módulo de información para saber ¿dónde está el psicoanalista? y me hicieron completar una encuesta (pues ya estaba iniciada) y que citaré por puro entretenimiento:

A)¿Está satisfecho con la satisfacción de la información que lo satisfizo?
Respuesta: CAMELLO SIN JOROBA (el dibujo de un camello sin una joroba)

B)Del 1 al 10 siendo 1 'Asqueroso' y 10 'Ubicuo' ¿Qué opina sobre el servicio dado?
Respuesta: MAÍZ CON PRISA (el dibujo de una mazorca corriendo y sosteniendo un sombrero)

C) Si usted quisiera demandarnos ¿Usaría un abogado competente?
Opciones: Ajá;
Ojalá;
Otra: ¿cuál?

D) ¿Cree usted que estamos destrozando vidas (y un mundo) conforme resbalan los soles?
Opciones: No entendí la pregunta;
¿Podría repetir la pregunta?;
Soy metafísicamente incapaz de responder.
----------------(Fin de la encuesta.)

Me escabullí entre troncos y máquinas descapotadas hacia el edificio de asesorías donde una corbata me entrevistó. Yo le expresé mi voluntad para unirme a un novedoso movimiento de postvanguardia: el melancolíísmo. Escribo para esconderme, para desenfadarme, para mover ficciones. Le espeté mi parecer, sólo podría sentirme mejor si me permitía burlarme un poco de él. (¿Cómo? Le aconsejé googlear el concepto de solipsismo, dicen que horas después perdió los estribos y un imbécil lo ayudó a pegar y repartir panfletos de 'Se buscan estribos. Se ofrece recompensa alimenticia'). Posteriormente le pedí que me examinara con la prueba de Rorschach. Todo me remitía a una mariposa negra con rasgos azules, o a un hombre de nieve con cáncer, o a una rebelión orquestada con tinta de pulpo, o a un pantano estornudando. El individuo me regañó antes de finalizar la sesión, opinaba que yo soy un ente mediocre para mantener una beca con la calificación mínima aprobatoria, que yo era un vagabundo chapucero, un distraído, un bufón, un idiota virulento, y que una institución de renombre no merecía las desvergüenzas y menoscabos de mi ruin existencialismo ni tampoco los fuegos pirotécnicos de mis ataques de alegría. Me reprochó lo que sea.

Ahora suspiro. Quisiera ser un comediante profesional, o un trapecista, o un equilibrista, o un vigía a bordo de un rompehielos. Pero sólo soy escribano. Dirigí mis huesos al colchón donde muero. En el camino se interpuso una anciana morena con faceta obnubilada y un pocillo estirado con la limosna.
-¿Algo?- habló.
Y sus ojos callados, sus canas remilgadas y unas arrugas humilladas me lastimaron, el altar de una mujer marchita, censurada, como una tierra de anulación. Yo no traía dinero, de lo contrario le habría dado un billete de veinte, un par, un millón, si le fallase el corazón le daría el mío, lo remuevo y se lo tiendo como ofrenda, se lo inyecto por las costillas para que ella pueda seguir pidiendo.

26/Sept.


Regresa

|

Conversar apresurados
soltando soplidos suavizantes.
Agrios labios
acarician las sinuosas tuberías,
más lento,
alentan péndulos.

Devolver la cortina del cansancio
al cofre de la decepción.
Me he convertido en una máscara,
un lago de carne
que opaca síntomas polvosos.

Desilusióname repetidamente.
Tus engaños de otoño,
la portezuela del granero,
luna enlodada,
un guante deshilachado.

Quiero incinerar lo nuestro,
el huracán se tornó un engaño.
Trepanar los recuerdos
para remediar el temblor
y refrigerar mi inquietud.


Escurridero

|

Cuando el viento habla
imita el centro de la ondulación
en los pequeños lagos.

Cuando el tronco calla:
las cicatrices emiten un chasquido,
el tiritar del aguacero.

Las flotas de lodo reinan
los charcos de humo,
las pupilas se humedecen
como embudos lacrimógenos
porque no es muy tarde.

Decantar el brote,
separar piedras,
ahumar hojas perfumadas,
sentirse un ave
bañada en la copa
de los árboles que fueron
manantiales desertores.

Mecer la sonrisa
o recortarla.

La estrella en tu talón
teñida con una microestrella.
No puedo desmentir el cielo
o partir.

Pensamientos

|


Soñé que caminaba, sentí el peso de una chamarra y un clima neblinoso. Me topé con una maestra de historia francesa con ojos llorosos. La abrazo y le pregunto. Contestó con voz atribulada, llegaré tarde al nacimiento de mi nieto.
Anoche no llore. Desperté cansado. Desayuné café con mi tío y mi madre. Vi una mariposa negra con decorado amarillo. La he seguido, atraviesa siluetas. Temprano tenía ganas de escribir, ahora no. Llegamos a una tienda grande y recordé mi apática adolescencia, recapitulando la amargura por los estantes de ropa con olor a plástico. Ayer releí el poemario y me disgustó. No lo destruí porque soy voluble. Mi tío reseñó una película sobre un muro. Me parece disparatado que mi madre me demande escoger un color de boxers. Únicamente compro comida y libros. Ayer le dediqué a una mujer, que consideré mi musa, la lluvia. Me dijo que su padre ya se la había dedicado. Imaginen cómo me sentí. La poesía es una perdida de tiempo. Yo quiero perder mi tiempo, anegarlo, despintarlo. Todo eso. Me declaro, en el nombre del fregadero y los huecos, un poeta fantasma. Mañana mismo escalo dos o tres poemas diarios. Nunca pronuncies el imbécil ‘no me vuelvo a enamorar’. Porque no me chingues. Un abuelo prometió no olvidar y repentino Alzheimer. ¿A qué sabrá? Mi tío afirma que en donde habitamos los indígenas se congregan y cooperan para hallar trabajo, sobreponiendo sus tradiciones. Me sobresalté. Quiero escribir una novela al respecto. (No te adelantes). La culpa no sirve. Escribo en otro idioma. 
Ahora, refranes: “Si da el cántaro en la piedra, mal para el cántaro y si la piedra da al cántaro, mal para el cántaro”, “Las penas con mal son menos”, “Quien canta, sus males espanta”, “La letra con sangre entra”.
Las semanas venideras me desenamoraré.
(Pero es menos mental)
A veces escribo poemas incomprensibles:
*Cambios,
flotan
borrosos,
temidos.
No cierres.
Nada de suplicas.
Las paredes no ruegan.
Retorna al cincel .
El goteo transfirió
oleaje drástico en los hormigueros.
Regresa al agua.
Perdamos las sandalias
el atrevimiento del ocaso.

Estoy enamorado de un rompehielos. 
¿Le entienden? No me decepciona. Desahogar.
-Un trabalenguas.

Jardín

|

Cruzas la puerta. Sobrepasas los obstáculos del comedor. Esquivas el cerrojo y el muro del sanitario. En la primera puerta a la derecha subes las piernas por una ventana de madera. Emerges a la superficie posterior. Detienes el olfato, remueves los cordones del tendedero como helechos. Empujas la rejilla aromática y llegas a un a un jardín que te hace sentir. Amurallado y frondoso donde se vierten lágrimas, sudor, saliva. Efervescente o volcánicos. Ellos consiguieron la promesa de brotes, paciencias y deseos. La tierra aguada facilitó el nacimiento de frutos. Los zumbidos de insectos y aves chapalean el rocío. En los extremos tiemblan inmensas alas plateadas e hincados los huertos pancromáticos resollan al alba. El jardinero sobreprotegió el territorio con lanzamientos de broqueles. Tréboles y bugambilias.

Hasta la aparición de una tormenta. Relámpagos como hachas, sierras, ácido. El cuidador sucumbió ante la gripa. El jardín fue maltratado varias noches. Cuando el huracán se despidió quedaron ruinas y nostalgia. El jardinero desapareció. El moribundo visitó la explanada del huerto una tarde arrebol. Esparció polvo de grafito tallado desde un lápiz. Retrató la limpieza del jardín.

Alguien regresó a remendarlo. Recibió auxilio. Temprano levanta ramajes torcidos, junta semillas y mezcla arena con lodo. Una lluvia torrencial arruina la mejora. Volvió con lentitud. Con huellas y movimientos. Tocando la cabeza. En varias ocasiones se desesperó y rompió la pala. Lo ayudaron. Nubarrones, estrellas fugaces y dirigibles incendiados para poder terminar. Ahora una gran parcela respira. El aldeano aprendió del agricultor. Construyó sistemas de riego con cucharas y licuadoras. Repitió canales y acueductos con destreza y estrofas.

Sequía. Enterradas arrugas, sedientas. El aldeano buscó agua, lágrimas, sangre, aceite. Nada servía. No sé quién lo ayudó. Con música y remembranzas. Con interpretaciones del viento y el calor. El jardín, pletórico de entonaciones, cambió. El jardinero antecesor conserva el presentimiento. Lo encontró y al verlo, al hallar sus diferencias, lo devastó con el envés de los brazos, con una guadaña de sollozos. El aldeano tardó en derribarlo. ¿Por qué lo ayudaron? El lastimero jardín se hunde. El moribundo mandó una carta y un peldaño en descomposición. El aldeano lloró por un jardín sin dueño.

Una corriente subterránea une cavernas para crear un sendero y perpetrar la corteza. Inundó el jardín, desde abajo. Chorrea. Una fuente alimentando un acuario. Desmayarse. Drenar. El espantapájaros flotaba. La densidad elevó residuos.

Retener un jardín, un desierto, vaciar un océano.
Repartir hielo como augurio. El jardín congelado. Sin alpinismo. 

Reaparece con tardanza.

Precipitación.

|



Amaneciste una canción,
duermen los nervios.
Todavía no es hora.
Caminé por un puente colgante,
bañado en telegramas,
…mensajes…
recolecté agua con una cuchara de cristal.
Limpié el pasillo con una llamada telefónica,
tarareando.
Revisé los planos de un concierto privado.
Cantaré al atardecer, para ella,
posa sus manos en una almohada
dócil
el aliento de la lluvia
sus ojos refulgen
la sonrisa camina por una bahía de lugares,
luceros
y luciérnagas.
Quizá no sepa cómo convertir
un corazón
en una oración.
La probabilidad de precipitación no rebasa el 30%
La probabilidad de que el poeta intente besar a la viajera
es la misma de un descenso en bicicleta,
la misma de una hélice soplando un quinqué
la misma de un paseo en muelle
una ostra clavada a unas huellas
un niño revolviendo brillantina
las rutas de la mano
una constelación ardiendo por salir
un géiser reversible
una gráfica de barras enamorada de sus datos.
La probabilidad de que la viajera intente besar al poeta
es una venda.
Acompañado de tus ojos
dos fiordos
escondidos en un gesto,
navegados por un ritual,
las mesetas en tu mano
Las cálidas llanuras
apretadas por una lupa.
Es un momento.
Un inhalar.
Un ‘ya me voy’ incumplido.
Un ‘quédate’ con los labios.
Un minuto de ti.
Una lluvia contigo.
Una tarde de brillos.
Una aurora boreal comunicándose a besos
cerca de la pared, cerrando una puerta, despacio.
Es un secreto de luna. Unas gotas de secretismo.
Querer es no olvidar,
un capullo en el horizonte,
sensores en el dorso,
tu cariño es un pájaro lloviznando.
Querer es respirar.
28/jun/11

'Subconsciente: Utopía repetida.

|
Ataduras
consiguen vulnerabilidad
utopías repetidas
para permanecer.
Utópico propone, con modestia, tras años de pensamiento.
Las utopías sueltan el espíritu, lo sacan del órgano,
graban trazados en los mapamundis, devuelven la vitalidad al cardumen, le quitan los zapatos al obrero, pintan la decoración de una fachada en demolición, sacuden arrepentimientos, repasan los casos perdidos, aburren a los guerreros, enmarcan pulmones con vapor, soplan asteroides, remozan el torpor, cubren la vacuidad con cuidado, rasguñan el nimbo, embisten la choza para repararla mañana, chapalean con el agua de barro, escuchan las carcajadas de los bichos, mezclan un rehilete con la espalda de un álamo. Translúcido.

Las utopías trepadoras prescinden del ancla, instruyen salvavidas.

-ª-ª-ª-ª-ª-ª-ª-
Ahora, señoras, señores y estimados cangrejos, nuevos versículos, disidentes, no tienen que ver con la prosa anterior, no tiene que ver con la incertidumbre ni con los cerillos apagados, ¿es usted un pelmazo mayor o uno menor? Todo tiene ejemplos y soluciones fatídicas sino no estaríamos pregonando por una mitología moderna, una capacidad para elevarse con las rampas y los...(Texto incompleto, considerado malsano)

El viento acumulado en las greñas de una palma.
Hojas dolidas, apagadas por el tiempo
encuentran un conjunto de apreciados crujidos, lejos, un remolino, lejos, la playa de una fogata, más lejos, peligroso risco bochornoso, cerca, lomos de tierra sorben efectos de albedo.
***
Artículo &%$: Garabatear es un derecho que se debe merecer. Rayonear signos en tu pecho; en lo que debo creer. El mosaico del agua ondula, cola de ballena; las arañas rastrean diálogos ofendidos; en el rincón del juicio, un intruso, un pulmón inflamado, una costilla rota.
El columpio obedece la trayectoria de las manitas, el vaivén de las piernas inquietas y frágiles.

Caigamos juntos, pasado mañana.

'Surreal: Marimba

|


La puerta del balcón levitaba frente a la calle protegida por el intempestivo llanto del viento. Las hojas, antes derribadas, remaban aceleradas, acechando la brújula inscrita en la alborada. Entrecerré la mirada y con el puño más cercano achaté mi nariz. Pausé la lectura, usé el dedo anular como separador, justo en la página 78 de ‘Vuelo de Noche’ de Saint-Exupéry. La espina dorsal me levantó con el soborno de un descanso.
Acerqué el balcón a mis huellas dactilares. El atardecer quería separarse del fulgor, había un ramillete lastimado en la banqueta. Abajo, los adoquines sepultados inspeccionaban un rompecabezas repetitivo, una que otra hierbita recordaba visitar ese rompecabezas rompecorazones. Una llanta ponchada replicaba un asunto menospreciable. Arriba, los tendederos vaciados enlazaban arcos bicolores enroscados. Tropezaban con suaves paredes desmaquilladas. Vi al sol atragantarse con una nube.
Resoplé. Con el reloj de muñeca en los bolsillos, no tenía nada, ninguna manecilla que arreglar o perder. Recordé por qué había sido interrumpido. Por una melodía lánguida (En el instante). Abrí la portezuela para meter los pentágramas. Salpicaron el ambiente, perfumando leña de librería. ¿De donde provenía la tímida música? No hacía falta escudriñar la cuadra para averiguarlo. Una marimba de madera acomodaba sus huellas en las cercanías de la entrada contigua. Acostadas láminas resonaban temblando, sostenidas por un armazón mártir y emitidas por un tubo de resonancia que amplificaba y esculpía las notas.
Le regresé la sonrisa, empaqué aquel encuentro tibio. Brillaban claros idiófonos en una presentación sobrecogedora. Me atrapó. Encontré a los interpretes. Precursores del oleaje. Sonido tras sonido. Pulían las cabezas de las rejas de nuestro vecindario, acolchonaban las jaulas. Yo los recuerdo como los pueblerinos recuerdan a los volcanes septentrionales. Musité una limosna.
El acompañamiento constaba de un tambor lamiendo un platillo y un güiro veracruzano (la canasta de la limosna). Los ejecutantes del chimuelo ritmo, detrás de la marimba, los culpables, los talentos, un par de muchachos, como de mi edad o mayores, poseían camisas/pañuelos descosidos, enlodados y un peinado erizado.
Debía ser su primo o su amigo el baterista tuerto, remodeló un paliacate antiguo para secarse el sudor de los dedos y permitirse una aburrida bufanda. La madre consolaba el güiro y tocaba los timbres de las casas rebanadas en fronteras ajardinadas mientras su bebita hija masticaba la melancolía de un chupón maloliente, asiéndose a una hamaca enrollada al cuerpo de su madrecita.
Más tarde aprecié a la mediana niña confeccionando sonajas con un pandero.
Aclimataron el entorno y el interior de nuestro océano de cables con ‘La Bamba’, que estrena un querido júbilo . Levanta el tránsito de varias vidas bajo una ciudad bohemia y cetrina. Romperé el silencio con ese recuerdo, cavilaré hasta regresar, ello conlleva un reencuentro entre motines emocionales que petrifican y retoman el verdadero significado de los sucesos y apreciar el afecto natural del pasado.
Revivían las tonadas con una nueva serenata que fue bruscamente entrecortada por una ventana abierta.
Se trataba del intolerante vecino. Invocó una petición dirigida a la familia que anidaba en la marimba. Son sus palabras un látigo descarado:
-¡Oigan! ¡Disculpen! (aquí se callaron y viraron la mirada buscando la grotesca voz bigotuda del reclamo injusto) ¿Podrían callarse o irse a otro lado? Estoy viendo las noticias y no me dejan escuchar. ¡Gracias!.
Me es doloroso reanudar después de semejante ofensa. Los músicos achicopalaron sus intenciones.
Desmantelaron su trabajo, un concierto después, y arrastraron los resquicios con otro rumbo. No era su intención molestar, no es posible gozar despedazados por la indiferencia. ¡Véanlos a los ojos! No lo aguanté mejor que ellos. Los perseguí varias semanas.
De inmediato deseo relatarles el misterio de los orígenes de aquella marimba. Conseguí ésta verdad en las azoradas cuevas que mienten y rellenan los precipicios occidentales.
‘Reliquia marimbae’ fue tallada en invaluable cedro proveniente del Congo (el estomago del papalote que disimula el perímetro del continente africano), dicha madera no fue obtenida después de un árbol, no perteneció a ninguna escultura. Es miembro de una leyenda, una mitología esotérica y maldita.
Un elefante pereció un hechizo vengativo. Una maga traviesa ofuscó los colmillos de retoño elefante al recriminarle a su padre, un semi-Dios de Marfil, el incumplimiento de un capricho.
Al madurar, el elefante con colmillos de madera fue interesante en las estampidas y satánicamente codiciado por cazadores lugareños. Fungió como príncipe de la manada. Fue decapitado por un relámpago en las medianías de la sabana. Sus colmillos de cedro, deseados por toda fogata, se perdieron hasta ser encontrados en diferente década por un explorador inglés, escondidos en tenebroso cementerio de elefantes. Para luego ser vendido o regateado entre las arenas circulares de pocos turbantes. Terminó como reserva de maderos en un navío que rechinó hasta la antigua Cuba. Lustros más tarde, en base a ese par de puntiagudos leños, se elaboraron: una flauta, una mecedora y una de las marimbas del pueblo. Lejos.
La humilde familia que ahora desaparecía en errante trayecto por toda la ciudadela desconocía los tremendos orígenes del cráter flotante en su trémula inspiración. Ellos pasean y se detienen, interminablemente. Sudan un arte que deja caer monedas perezosas en los ahorros diurnos.
Van a invadir el sonido del centro histórico de la ciudad. Las edificaciones desviadas, el mamotreto de la basura comercial que abunda en el suelo de la marcha. Los desprestigiados arbustos disipan tropiezos inútiles. El volcán flameante es una marimba, arroja lava sedienta y rocas negras. El precipicio es una montaña de banquetas, unos zapatos desgastados. Mi reseña. Esa familia de escasos sueños. ¡Voy a mirarles los ojos!
Has demostrado que son una distracción. Para ellos no cantan, son confundidos con el trajín. Presurosa tú.
Me alejé, inmereciendo el regreso.
Comienza a llover en el interior de mi garganta.

'Déjà Vida: Nieve a Oscuras.

|

(Léanlo en la oscuridad.)
En Suecia  me pone de malas el frío y el cinismo. Cuando llegué no estaba tan mal, siendo un completo desconocido. Errando entre cafés y bares, nadie eclipsaba mis ojeras (o las quemaduras en las muñecas). Tiré mi reloj de plata al río, casi muero de hipotermia al recuperarlo. Compré mariguana y se la regalé a un moribundo. Sé perfectamente que estoy mal de la cabeza, prevengo, escogí enviciarme.
Conocí a un grupo de briagos simpáticos en la fogata de la esquina, me llevaron a su casa y dormí ahí tres tardes. Veíamos la tele, espiábamos a los vecinos y bailábamos desnudos. Desquiciados. En las idas al café encontré un sinvergüenza durmiendo en la tercera banca del Otoño (un parque), con la ambición congelada. Lo seguí y le pregunté su historia. Me pegó con un cristal pequeño, en las costillas. Quería desangrarme, sentir las alucinaciones. Las drogas sinceras.
Almorcé con un investigador retirado repleto de anécdotas grotescas y espeluznantes. El investigador padecía de insomnio, tenía una enredada barba gris, unos ojos verdes profundos y una gorra rusa. Me contó sobre el miedo diurno, el miedo arruinado y el que fortalece cerraduras. Mi interés por él incrementó cuando intentó desahogarse, darse a conocer con gesto y gestos. Soy masoquista, pero también morboso. Escucho los murmullos. El detective me obligó a recibir sus cartas, excusando que causaría más impresión en mí leer lo que quería contarme. Escribía su caso más tétrico y tormentoso, ocurrido en Estocolmo del ’73. Iba por esto, caligrafía de muerto:
“Edificio cuarenta y tres. La población oía alaridos bizarros. Las luces se mueven, una señora se arrastra por las paredes ¿Qué diablos? La oficina principal ya investigó con vehemencia a los supuestos testigos buscando en ellos efectos narcóticos o demencia oculta. Sus rasgos parecen estables y sus testimonios fieles, bien mentidos. Así me dispuse a indagar junto a dos agentes fornidos evasores del pavor a los misterios. Conforme subamos se pondrá peor, según los aullidos de ¿Quiénes? Exceso de moho al llegar a la presunta estructura. Las luces fallan. (Atribuladas) Apagamos los reactores. El primer piso es tranquilo, vislumbramos un par de ratas y ¿qué mierda es eso? Hay un bulto extraño en la esquina previa a los escalones. Las luces han vuelto a encenderse ¡enloquecen!. Uno de mis agentes se ha desmayado. El otro sujeto y yo nos acercamos a la criatura mutilada, está pujando. ¡Dios!. Religión ante rarezas. Está repleto de venas, ¿nos está mirando? Le pido al agente que lo toque. ¡Ha explotado! ¡Estamos vomitando! ¡Nos ha cubierto de sangre! El resiuduo es morado. No tenemos el valor de regresar, se han fundido los focos detrás de nosotros y se escucha un llanto sobrecogedor. Prosigue el ascenso. Silencios, hay camas en el pasillo. La iluminación se ha paralizado. Mi colega se recarga en una cama. ¡Pronuncia mi nombre, despavorido! ¡Su brazo se ha hundido en la cama! Como si fuera arena movediza, un viento extraño comienza a azotarnos. Apareció una silueta retro. Es un hombre de traje café, pálido, callado, nos mira, se acerca. Difuminado. Le pega en el brazo a mi compañero ¡le ha fracturado la extremidad! La aprisionó. Nos  habla, dice que no debemos tocar las camas. Debemos seguirlo. Me ha empujado y grita histérico ‘¡NO TENGAS MIEDO, POR FAVOR!’. Piel de gallina. Sus zapatos no suenan con el eco del pasillo, rechinan a lo lejos. Llegamos, sudando copiosamente, al tercer piso. Nada de camas, ni humedad, algunas lámparas separadas. Caminamos lentamente, temiendo toda la exploración. Mi colega está malherido. Piensa en abandonarme. El hombre trajeado es pésimo guía, no nos deja acercarnos a él. Se ha detenido, sus pasos ya no duelen.  A la mitad del pasadizo. Escuchamos su exhalación, es larga, siniestra, abrumadora. ¿Cómo pudimos llegar aquí? Debimos ser escépticos. Me estoy asfixiando. Las luces se caen, literalmente, me ha herido un ojo. Ahora se encienden otras luces que no notamos, son series como las  navideñas. Cambian. El hombre sigue ahí, escurriendo. Tiene una mancha de sangre en la espalda. ¡Le está sangrando la puta espalda! ¡Corremos! Casi a ciegas. El hombre grita: ‘¡Azotea, azotea!’ y luego comienza a llorar patéticamente. Llegamos al cuarto piso con el corazón en la garganta. El corredor era un estanque azulado, pescera, tuvimos que romperlo para poder pasar. Criaturas babosas y repugnantes trataron de treparnos mientras cruzábamos a toda velocidad los charcos. Mi colega resbaló varias veces y se quejó. Vi a una mujer, salió del cuarto tercero, tenía calcetines en las manos y también lloraba. De nuevo sentí ese aullido escalofriante que nos perseguía desde el primer nivel. ¡Esto es peor que el infierno! El quinto piso estaba destrozado por un huracán, no recuerdo mucho eso, únicamente una nostalgia insondable que me contuvo, el mal tiempo. El sexto piso estaba congelado como el interior de un refrigerador olvidado. En el séptimo piso estaba ¡el brazo sangrante de mi colega! Casi coagulado. Me detuve a vomitar y vi, al final del pasillo, una niña. Se atragantaba. Me agaché junto a ella y sentí paz, su vestidito blanco me recordaba a…,a la niña vendida ¡por ser un desgraciado!. ¿Merezco? ¡Esto!. El vestido se tornó lodoso, el hombre café descendió por las escaleras y violó a la pequeña princesa. Lloré acaloradamente y traté de detenerlo, pero al aproximarme un asco me acorralaba. Corrí río arriba, evitando ver las alteraciones. La azotea era el décimo piso. Cubierto de nieve, colapsé en el tapete. No había sangre, ni miedos, sólo cansancio. Dormí, dormí.//////// Creí haberlo soñado, pero el hombre de traje café aún lo encuentro con la boca abierta en ciertas multitudes, con ligero sangrado dorsal. Semanas después envié equipos especiales del ejército a inspeccionar el edificio. Dos cadetes llegaron hasta la azotea y ambos se  lanzaron lejos de los demonios. Nunca supe realmente la causa del embrujo. El inmueble fue demolido”
Aquella tarde el detective me dejó esperando con una taza de café extra. Nunca volví a saber nada de él. Algunas noches veo a la mujer con los calcetines en la mano, en la calle Prostíbulo. Y me señala, me amenaza. También he visto sangrar la espalda del hombre café. Terror.
Guiñando al ritmo del fa sostenido. ¿Ese guiño? 
Algo sádico y horrendo está por acontecer. Los jueces alaban a una doncella en el patinaje sobre hielo, nipona, una mancha en la pista de hielo se expande. Es rojiza, cristalizada. Los comentaristas: ‘There’s a strange red stain under the ice’. ¿Debajo?
He descendido. Tengo un martillo de jade. El cristal se quiebra, el coágulo erupciona, la pista desaparece. He descubierto un lago, inundado de huesos. Yo y mi locura. ¿Por qué soy así? He elegido el miedo como aliado. Ellos me temen. Fui creado para traumatizar. Me entretiene y satisface.
Ahora cierro la puerta, cierro los ojos.
(Duerme poco.)

'Subconsciente: Metáfora del helio.

|

El sol retiene océanos de helio.

Tiritan los tórridos y feroces manantiales de helio.

Me tranquilizo cuando el sol descansa, me siento menos tenso. Por las tardes sin sol mis pies se levantan, recorren, exploran. Las caminatas me llevan lejos de la cama, lejos de la casa. Las banquetas tapizadas de flores o tierra. Las banquetas unen caminos y me llevan al auditorio. Atrás ensayamos pero hoy no toca. Invadimos el vestíbulo, el comediante es un intruso en la puesta en escena de una tragicomedia. Hoy se presenta un concurso de monólogos, yo conozco a los participantes. El resto de mi atención es robada por buen solaz. Conectado con los artistas, los aplausos regresan los sentimientos involucrados o reprenden el mal gusto del autor. Sonrísas y catarsis.

Un breve intermedio me obligó a inclinar la espalda hacia atrás. Abrí los ojos y encontré un globo flotando enfermo a escasos alientos del techo. Un globo plata con ilustraciones infantiles en la proa. Hubo función familiar el domingo en el mismo auditorio (Las telarañas no). ¿Lo viste? El globo, flaco, está perdiendo helio, pero no tiene ninguna fuga, el helio se desvanece, se agota. Globo enfermito. Así, al instante, nació la metáfora del globo (o del helio).

Yo y nosotros somos el globo. Nos debilitamos cerca del techo. El auditorio es el mundo o la vida. Ocurren tantos eventos ahí dentro. Luces, bailes, magia, conciertos, teatro, las butacas sostienen una batalla con el escenario. Exigen y premian. Poco público llega a estremecerse, esa misma minoría ha notado el globo, le importa su existencia. ¡Persiste, persiste!, le gritan. Pero el globo está encerrado, le han tendido una trampa. Es lo más lejos que puede alcanzar. Alcanzar hasta cansarse. La esperanza de ese globo, ligera, es el helio restante. Si ese helio termina la cáscara del globo terminará en el estanque de butacas. Puede conseguir helio en el sol. Pero el globo no sabe que el sol existe. Y el sol es brutal, lo incineraría. El globo sólo aspira a enredarse entre las candilejas. Miserable globo. Se encuentra a una muralla (dos detonaciones) de escapar. ¡Se desmayará!

'Poemi: Color bosque.

|
Antier fijó la cerbatana en la línea de guijarros que divide el río.
La atoró en un tronco.
Nuestra respiración borbotaba
en el vado.

La noche caminó encima de nosotros.
Completamos las luces artificiales en alto.
¿Iniciará la angustia?
Una espina de jade
obstruye y refuerza.
Las hojas cambian de color:
de los ojos marrones
a la lozanía y algas en el fondo.

Las escamas de los peces, amansadas en un godete de pintura.
Regresemos a la transparencia del jade,
al presente, al peinado de las palmeras,
a la fosforescencia. Hemos seleccionado la oscuridad.
Para emboscar.
Pasar por la hierba o seguir el musgo absorbido por la roca.

La expresión corporal
sacude brillos y murmullos de selva.
Verde labial
como besar despacio (remar)
y besar rápido (conflicto).
El moribundo confesó
la leyenda del espíritu de una guacamaya.

Un hombre intentó traducir el destino, todo el concepto,
arrodillado en las escaleras.
Encontró las ruinas del alma.
Charlar con el abedul hasta mediados del amanecer.
Sentir la belleza de la culpabilidad
y darle preferencia a los tornados
de emoción y preguntas.
La noche se lastimó sobre nosotros.

El moribundo sacudió la capa
y con un papel arrugado
nos convenció.
El verde restante, en la ciudad
es el aliento de otra salida.

¿Cuál? ¿Qué buscas de mí?
Un exoplaneta o una estrella desintegrada.
Una crisis de brotes de ramas tiernas y capullos.
¿Qué iba a decir?
Algo sobre la penumbra.
¿Cuánto necesitas conocer el verde o a una persona para quererla un poco?
¿Cuántas gotas? ¿Cuántos vacíos?
Interpretando un maremoto. 
Protegiendo una farsa en pergamino.
Pintando el pantano, uno de sus lados.

Encendido, descalzo.
Reparando un muelle con huesos.
Con pedazos.
Cubriendo una herida profunda con ambas manos.
Porque acariciando tu cabeza olvido que fui un desperdicio de la tarde.
Jugando al paracaidista.
Tallando un malentendido. 

¿Olvidando?
Ha disminuido el interés por los atardeceres.

Intercambié mi corazón por una cantimplora ensangrentada.


(Domingo. 10 de abril/ 2011)